La Recta de Calzadilla


 original escrito por Bolitx
La fascinante Recta de Calzadilla

La verdad es que me tenía asombrado la sensación de lucidez que me invadía a pesar del madrugón. Me paré, eché un trago de agua, mas que por otra cosa, por desprenderme un poco del regusto a café acumulado en el paladar, y la observé: envuelta en una aureola siniestra, la sombría silueta del Santuario se alzaba aupada en un altozano cuya pared occidental caía en precipicio al rio.

Tan lúgubre estampa, a la que solo le faltaba un cuervo negro revoloteando sobre sus muros entre estridentes graznidos, me transportó al Medievo induciéndome a evocar episodios novelescos tales como disputas de poder entre reyes y condes; como el incumplimiento de la regla de San Benito por parte de fray Berengario el cillerero; como la veneración de las santas reliquias de San Facundo y San Primitivo; como las perversas confabulaciones de poderosos abades y renombrados priores… O como el callado paso por los Caminos del peregrino franco calzado con sandalias y ataviado con esclavina, capa, báculo y escarcela.

Y mientras permitía a mi imaginación corretear libre y adentrarse en los vericuetos que iba trazando una fantasía historiada en hechos, coyunturas y personajes más o menos representativos de tan sugerente época, el resto de mi ser se apostaba inmóvil en el puente: a la espera; aspirando el frio aire que la noche se había esmerado en renovar y escuchando el estallido alborotado de trinos, cantos y silbidos proveniente de la frondosa ribera del Carrión, en un clamoroso y a la vez enigmático anuncio para quien quisiera escucharlo, de que por un día mas, la Madre Naturaleza despertaba milagrosamente a la vida.

Observé como un leve fulgor comenzó a lamer el contorno elevado del recio campanario; se mantuvo siguiendo un proceso natural en el que se fue intensificando y transformando en un resplandor desbordante, hasta llegar al desenlace final; con la aurora en toda su magnitud culminando un desparrame de luz, que invadió absolutamente todo de un cálido tono “bermejo esplendor”.

Era la señal que estaba esperando.

Recuperado del trasiego del día anterior tras un profundo y reparador sueño, había madrugado con el propósito de disfrutarla en absoluta soledad -aunque ya me percaté que el germano de bigote vecino de litera me seguía desde mi sigilosa salida del albergue-; así que reinicié mis pasos, prosiguiendo mi largo peregrinaje a Santiago, asunto que a veces olvidaba. Sobrepasé el monasterio de San Zoilo y despidiéndome definitivamente de Carrión de los Condes, saludé a la Recta de Calzadilla con sus míticos 17 kilómetros de recorrido sin un solo pueblo, ni garito, ni fuente,… ni nada.

Y marché concentrado, sin temores y sin complejos, al amparo del íntimo ámbito proporcionado por una matinal Soledad rejuvenecida presta al reestreno y al reencuentro. La Abadía de Benevívere se escenificó relativamente pronto; el lugar del “buen vivir”, camuflado entre una indecorosa espesura, lo que en realidad reflejaba en vez de la placidez a la que hacía referencia su acepción, era mas bien una funesta imagen de descuidado desamparo.

A partir de la abadía, comenzó un recorrido fascinante. En el apacible frescor de la mañana, caminé aquel primer tramo de recta enmimismado; escuchando como un mantra el suave crujido de mis pisadas en la pista polvorienta, -cruigh… cruigh… cruigh…- persiguiendo mi esbelta y caballeresca sombra que siempre marchaba aventajándome un paso por delante. Solicita a guiarme, a reconfortarme y a marcarme el ritmo preciso, mientras el sol en su paulatina ascensión desde la zaga me envolvía de una calidez etérea.

La banda marrón que era el Camino se estiraba enderezada, tiesa; posándose y surcando justo por la mitad las infinitas extensiones terrenas que eran Tierra de Campos, copiando sus suaves ondulaciones hasta fundirse donde alcanzaba la vista con un telón azul celeste en el que colgaba armoniosamente y desperdigada alguna densa voluta de algodón inmaculado. El amanecer había derivado definitivamente a una mañana clara y limpia, resplandeciente; y la Recta a Calzadilla se descubrió como un obsequio para los sentidos, un presente que una vez desempaquetado, revelaba un ramillete de componentes magníficos, sobresaliendo con brillantez propia “Sir” Silencio, “madmuasel” Soledad y “madame” Libertad.

El minúsculo punto por delante que era una solitaria encina, y el minúsculo punto por detrás que era el germano perseguidor, se convirtieron en las dos principales referencias con las que jugueteaba en las ocasiones en que emergía desde mi introspectivo enmimismamiento a la intemperie de una realidad exterior que se singularizaba por su abrumadora simplicidad. Y según iban sucediéndose los pasos -cruigh… cruigh… cruigh… – fui comprobando que ambos iban creciendo.

En verdad la Recta daba para mucho. Además de las dos referencias, el nítido cielo castellano me mantenía embelesado, llevaba días acompañándome y nunca me cansaba de admirarlo. Creo que me llegaba a serenar el imaginar que se había creado una especie de vínculo, de complicidad entre nosotros. Cuando comenzaba el cansancio o las descargas eléctricas en los pies, era casi un acto reflejo que siempre reconfortaba, dirigir la mirada al cielo. Todo transcurría caminando bajo el, en las alargadas jornadas desde el punto de la mañana hasta bien entrado el atardecer, y me resultaba fascinante verlo modificarse constantemente, evolucionando –y yo aspiraba a hacerlo a su compás-, sin perder nunca ni su atractivo ni su carisma.

Sin llegar a restarle esplendor a la mañana, las nubes comenzaron a propagarse y me entretuve con ellas intentando endosarles parecidos razonables pero sin dejar que la razón se inmiscuyera en demasía. En un momento dado localizaba una con forma de enanito barbudo de Blancanieves vestido de zíngaro del desierto bailando la Balalaica rusa y enarbolando con la mano una pinta de cerveza de la que desbordaba la espuma en borbotones; tras lo cual, retiraba la vista de ella con la intención de comprobar un instante la posición del germano en la retaguardia, al que ya casi podía reconocer el rostro, y de observar de paso en la distancia la encina solitaria en frente; seguidamente me concentraba en mis pasos por unos instantes mas que terminaban alargándose sin pretenderlo, -cruigh… cruigh… cruigh…; y cuando volvía la vista al cielo, verificaba que el enano se había escabullido y su lugar era sustituido por un flamante galeón pirata con las velas desgarrándose en jirones mientras las fauces de un oso de enorme cabezota se abalanzaban a devorarlo…

Y así seguía, alternando las nubes del cielo, la localización del peregrino alemán y la visión de la encina solitaria, con el internamiento en un espacio inherentemente propio, en el que el tiempo era un instante que duraba un periodo indefinido en donde el pasado y el futuro eran inexistentes.

Y así continuaba, en un silencio que era solo interrumpido por el crujido de mis zancadas, un rítmico sonido apagado apropiado para sumergirse en un estimulante estado de abstracción, y que a partir de cierto punto le dio por comenzar a transformarse..

…Al principio fue sin darme cuenta, simplemente se trataba de una leve aceleración en la cadencia de mis pasos, pero debió llegar un momento en el que fui consciente de lo que ocurría, y ello me estimuló a involucrarme en el compás, y primero fue mediante una percusión uniforme, simple, que introduje desde el pensamiento: un pon,… pon,… pon,… pon,…pero que fue progresando hasta convertirse en el: po-po-pom-pom-pom,… pom-pom-po-pom-pom-pom,… de los acordes del bajo junto con la batería de los “Queen”…

Seguidamente comencé a escuchar para mis adentros la voz de Freddy Mercury e inevitablemente comencé a cantar a grito pelado,… como un loco:

Another one bites the dust, another one bites the dust
Are you ready? Hey! Are you ready for this?
Another one bites the dust, another one bites the dust

Cuando me aburrí de vocear, mi sombra ya no era tan esbelta sino que se había ido aproximando a un tamaño real, la encina solitaria lucía a mi vera, y el peregrino alemán era una silueta empequeñecida sobre una recta eterna que se disipaba en la reverberación de un horizonte, en el que pensé que debería quedar algún rastro de Carrión de los Condes, a parte de un recuerdo ya llamativamente lejano.

Seguí y seguí adelante, una hilera de chopos atravesada a un lado, embelleció la ancha raya parda que resaltaba cortando de un tajo una inmensidad verde. Los palomares de adobe de Calzadilla de la Cueza fueron benévolos y no se dejaron contemplar hasta que tras ascender una loma ya se podía manifestar que estaban listos para sentencia.

Sin embargo de repente me encontraba cansado, en vez de seguir y entrar en el juego de su provocación, me detuve y reposé con la misma sensación de paz que ofrecía aquella magnífica Recta que me había revelado que, además de que el Camino se hace con la cabeza también conviene echarle una mano con la imaginación.

El germano venía veloz, pero no pensaba darle el gusto. Cuando pude apreciarle el bigote, me levanté y entré a matar. Imperiosamente me llamaban un bocadillo de tortilla y una copa de vino,… a las que a todo pobre peregrino le está permitido aspirar.
Bolitx.

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