La luz de Urdaniz.

 

Albergue de Roncesvalles

RONCESVALLES – LARRASOAÑA

Qué raro es estar rodeada de tantos peregrinos en una habitación. En los dos días que llevo de soledad absoluta la compañía de la naturaleza lo ha llenado todo y a su lado me he sentido como si hubiera llegado a casa, de algún modo conectada profundamente con el entorno. Y si he tenido algún encuentro fortuito y salvador ha sido con gente de esta tierra que me ha salido al encuentro. Estamos muy juntos, casi apretujados. Ni siquiera encuentro un rincón en el suelo para mis cosas así que subo todo a la litera, incluso cruzo la vara entre la cabecera de mi cama y la del peregrino de al lado y ya que tengo la mochila aquí a ella con mayor razón la quiero cerca.

Nos han puesto la calefacción en el máximo, y en el aire el olor de la crema mentolada con que se embetunaron las amigas coreanas me hace lagrimear. Tuvieron un día muy difícil y están bastante golpeadas las pobrecitas, pero sonríen. Y así, inquieta y sofocada como estoy no logro conciliar el sueño. Con los tapones de oídos algo me aíslo de los ronquidos y del abre y cierra constante de la puerta del baño, que por esas cosas del destino está justo pegada a mi cabeza, pero es imposible, me paso la noche entera entre achicharrada, entretenida, encandilada y sobresaltada. Llega un momento en el que no puedo más, y con todos los dolores a cuestas la que ahora va de paseo al baño soy yo. En cuanto abro la ventana de la ducha siento en la cara la bocanada de aire fresco que me revive y tranquiliza. Aquí me quedo. ¡Qué agradable! Apenas, casi imperceptible se escucha la lluvia que cae suavemente sobre Roncesvalles.

Mucho antes de que amanezca nos preparamos en silencio. Los que empiezan a caminar hoy aportan con su cuota de entusiasmo e inquietud, aunque también hay despedidas y coquetería en el ambiente: los jóvenes catalanes que cruzaron los Pirineos junto a las chicas coreanas al parecer ya no tienen más días y aprovechan los últimos minutos a su lado. Nuestra torrecita de Babel tiene su gracia.
Como si llevara años enjaulada me voy a dar una vuelta sin rumbo antes de partir. Hay poca luz, pero se percibe que la lluvia fue algo pasajero y que tendremos un día espléndido. Los prados exhalan un vaho misterioso, huele a tierra, a hojas y hace frío…¡ya no puedo esperar!

Deseo un buen día de Camino y con paso lento le voy diciendo adiós a este lugar tan especial. Siento las miradas en la nuca, pero me he propuesto no volver la vista atrás.

Para quien vive en una ciudad tan contaminada, ruidosa y muchas veces hostil, es un contraste extremo entrar en un bosque tan delicado. Hay un silencio sobrecogedor que sólo se altera por las gotas del rocío que rítmicamente caen de los árboles. Las hojas de los acebos brillan y no me resisto a cortar una ramita, tengo añoranzas infantiles por este árbol. Como no sé muy bien dónde ponerla, la amarro a mi vara y de pronto la vara se convierte en árbol.

Los primeros peregrinos que me adelantan en Burguete, un matrimonio madrileño joven, son la primera imagen que tengo de alguien caminando delante de mi, la primera imagen de mí misma, la primera constatación de que mis pasos van a un ritmo muy diferente del de los demás y de que mi deseo es pasar despacio por los lugares.
Entro en una cafetería que veo abierta y las dos tazas de café con leche que me tomo me sacan del letargo nocturno y me entonan para enfrentar el aire gélido.

Se van sumando personas a la marcha y es una bella estampa, la que sumada al sol, sumada al paisaje siempre cambiante y sorprendente, a los prados, a las portezuelas de madera que religiosamente abrimos y cerramos, a la subida de un camino que serpentea, que cambia de colores y de hojarasca, a las charlas sencillas, la que nos va guiando hacia algo parecido a la armonía perfecta.

En un prado de Espinal me quito la mochila y me animo a volver la vista. A paso lento se llega lejos, vaya que sí, y no es Confucio quien se apodera de mí como me dice en broma mi hermana cuando me pongo filosófica, sino algo que estoy viendo con mis propios ojos. Veo que se acerca S., coreano, simpatiquísimo, y se detiene un ratito a conversar conmigo. Me sorprende hablando un español perfecto, y me dice que es porque ha vivido en México, pero sobre todo, es su carácter alegre lo que nos conquista a todos en cosa de segundos.

Continuamos la marcha. En la entrada del bosque más ordenado y luminoso que he visto en mi vida rezo la Salve a la Virgen de Roncesvalles. La primavera será hermosa, pero el otoño que estoy encontrando es un regalo. Me encuentro con otro matrimonio que según dicen están haciendo una ‘etapilla’, y es verdad, porque antes de Biskarreta los vuelvo a ver regresando hasta donde dejaron el auto. Observan con horror que me he descalzado y que tengo un par de esparadrapos en los pies, pero les cuento que sólo estoy tomando el sol y que los parches son preventivos, que no tengo ampollas ni nada, un par de rozaduras y dolor de tendones de Aquiles, pero nada más. No se van muy convencidos de que los peregrinos estemos bien de la cabeza, pero qué puedo hacer, yo no nací para convencer a nadie de nada, aunque quisiera.

Emprender la subida al Alto de Erro es un desafío cuando el cuerpo carga mochila y dolores, pero el valle esplendoroso y verde que se descubre y que se alcanza en un día soleado vale el esfuerzo. Otra vez me detengo, esta vez es para comer algo y refrescarme. Las chicas coreanas que se habían quedado tomando cervezas en un bar me alcanzan. Vienen sofocadas y sedientas. La que llegó primero donde estoy es la que acarrea el agua. En el idioma del Camino, el inglés, trato de decirles que es mejor que cada una lleve su botella, que no está bien depender de los demás para beber agua. Pasamos un rato intentando entendernos y riéndonos y continuamos.
Estaba pensando que ochocientos kilómetros iban a desgastar mi vara cuando me encuentro una suela de goma de alguna bota peregrina. Me la guardo, si puedo ya le haré un ‘zapatito’, pienso.
Camino, bosque, piedras y bajada hasta Zubiri podrían haber completado este día, aquí hay un albergue abierto y las etapas en esta época del año también están un poco condicionadas por esto, pero es un día cálido y tengo ganas de seguir hasta Larrasoaña. La gente que sale de paseo me saluda y una señora entabla conmigo una agradable charla. La dejo cuando veo a una peregrina que está cruzando el puente en sentido contrario. Voy a su encuentro. Es una mujer alemana que está haciendo el Camino de regreso. Me preocupa que suba hacia el Erro a estas horas, pero me dice que lleva carpa, que no tenga cuidado. Cuando me despido es su mirada triste lo que me llevo.

Camino de Larrasoaña me cruzo con un señor que me dice: ‘¡Vas algo justa!’, pero calculo que todavía tengo un par de horas de luz de atardecer y no son ni seis kilómetros. ¡Bendita ignorancia!

Encontrarme con la fábrica de magnesitas me desequilibra, me dan miedo estos lugares a escala inhumana y que rompen con el entorno, y desde aquí una incertidumbre, un presagio se apodera de mi. Voy algo justa, ya empiezo a darme cuenta de que es verdad. La luz lentamente va desapareciendo y la fuerza de mis pasos también. Llego a una escalera en medio de la ladera y siento que me desmorono, que también rompe mi equilibrio. ¿Qué hace esta escalera aquí? Delicado equilibrio que con tan poco se desajusta, pero es así, cada peldaño es dolor para mi espalda y mis pies. Entro en un sendero estrecho rodeado de árboles y la luz sigue menguando. No llego a Larrasoaña ni apurando el paso. La inquietud se apodera de mí cuando ni siquiera distingo las flechas, ya no las veo, y en la penumbra me dejo engañar por una marca de Gr. una línea blanca horizontal pintada en un árbol, y aunque tuerzo un poco hacia la izquierda me encamino a toda velocidad por un camino que ahora es ancho y se siente apisonado, como si por aquí anduvieran camiones. Todo acaba de golpe para mí cuando me estrello literalmente con una alambrada que me corta el paso. Siento que me desespero y que la sangre se me congela cuando a duras penas veo un cartel con una mano que prohibe la pasada.

Retrocedo con una sensación de derrota que me hunde cada vez más. Debe faltarme el azúcar también así que como unas pasas y algo me animo. Busco la pequeña linterna que traigo, pero me encuentro con la desagradable sorpresa de que en algún momento de la noche en el albergue la usé par buscar algo dentro de la mochila y no la apagué, total que la encuentro descargada. Como ciega, con mi vara de lazarillo avanzo en la negrura total. Es tremendo sentirse tan indefensa y desamparada, ciega, en la negrura más absoluta, sin siluetas, sin puntos de referencia sin nada más que una voz que desde dentro me sujeta e intenta calmarme. Tengo casi una imagen satelital de mí misma naufragando a centímetros de la orilla e imagino a mi gente en el otro hemisferio con luz de día. ¡Algo tengo que hacer! Más me valdría sentarme aquí a esperar el amanecer, no es seguro avanzar así, pero me acuerdo del teléfono y con la luz tenue que proyecta, veo a mi derecha lo que parece una bifurcación. Sé que voy paralela a la carretera, y si este Camino me lleva hasta ahí no tengo nada que perder.

Cuando me encuentro con la luz de ese pueblo del que todavía no sé nada, la esperanza me devuelve la energía. En el frontón un chico me dice que estoy en Urdaniz y que me falta como un kilómetro para Larrasoaña.
La carretera también está oscurísima y la velocidad a la que pasan los autos tan cerca es muy peligrosa, pero me lo tomo con calma. Ignoro cuánto rato pasa, pero esto no es un kilómetro ni en sueños, o es el cansancio el que ya no me permite calcular nada. Al otro lado de la carretera veo un caserón con luz y cruzo. Esta será la segunda vez que llamo a una casa vacía, qué angustia! No sé por qué, pero la negrura en la dirección que voy hace que no me anime a continuar y doy la vuelta. Entro en Urdaniz otra vez, ahora por un costado y el encuentro que tendré ahora será luz perenne.
Veo salir de una casa un hombre con una olla enorme, el chico que lo espera en la esquina me dice lo mismo que me dijo el del frontón, que falta poco para Larrasoaña. Les cuento lo que me ha pasado en el monte, que me estrellé con una alambrada, que en el caserón de la carretera no hay nadie, que no sé por qué me di la vuelta…y son tan encantadores que se ríen conmigo de mis torpezas, que el caserón es un restaurante que hasta tiene estrella Michelín, pero que está cerrado en esta época, que después del restaurante hay una curva una leve bajada y que por eso no se ve Larrasoaña, pero que ya estaba ahí, soy una peregrina loca, que soy una peregrina muy cabezona y que además me pueden llevar presa por andar cortando ramas de una especie protegida como es el acebo…Por cierto, ¿lleva algo rico en la olla? Jajajaja…¡Cómo nos reímos! Se suma a nuestra charla una muchacha y otro joven e insisten en llevarme, son muy amables, pero ni amarrada! Entonces no te mueves de aquí, me sentencian. Y yo en ademán de soldado y poniéndome tiesa les digo, ¡pues aquí me quedo! Risas y más risas. No saben lo que este rato de risas ha hecho por mi.
Insisten, siguen insistiendo en que me llevan y que no se hable más, pero intento mostrarme un poco más cuerda que hasta ahora y les digo que Santi me protege, que no voy sola, que las estrellas…, acabo de reparar en el cielo más impresionante, por supuesto sin luna, con luna habría sido otra cosa.
No sé en qué momento el chico desapareció, algo le dijo el que supongo era el padre y ha llegado con un chaleco reflectante y como si yo fuera un bebé intenta ponérmelo mientras le digo ¿pero qué hace?, atontada de tanto cariño. Finalmente opta por ponérmelo al reves y me lo amarra en la espalda. Impresionada me comprometo a devolverlo al día siguiente, pero rotundamente dicen que no. Ah! No confían en mí, creen que lo puedo volver a necesitar, eh?
Si mañana no aparezco en el periódico o porque me atropellaron o porque me llevaron presa por cortar especies protegidas, es que llegué bien, así que no se preocupen.
Ay, peregrina loca!
Una vez más emprendo Camino, ahora disfrazada de señal de tránsito y con una alegría renovada. Vuelvo conscientemente la vista atrás y ahí están los cuatro diciendo adiós, mientras me acuerdo de lo que Pohlhammer dice en un poema: „Son amores fugaces que ni la fugacidad del tiempo esfuma” Así será.
El mapa de mi Camino se va poblando de rostros y los nombres de las localidades van quedando atrás tan pronto me alejo.

Ahora los autos notan mi presencia y me esquivan. Llego por fin a Larrasoaña, cuatro horas después de haber salido de Zubiri. Abro la puerta del albergue y veo las botas en hilera de mis compañeros, ¡qué alegría! S. me recibe con un ¡llegaste!, ¡llegaste!, ¡llegaste! que me conmueve. No sé qué parezco con estas pintas, pero me escuchan atónitos. En cuanto me descalzo me percato que un tobillo esta muy inflamado y que a medida que el cuerpo se enfría ya no puedo pisar con ese pie. Me duele hasta el último pelo, pero estoy más feliz que unas castañuelas. T y L, matrimonio portugués, me regalan una pera deliciosa, S. me cede su litera de abajo, las chicas coreanas me dejan sobre la cama un paquetito de galletas María, el matrimonio madrileño me ofrece ibuprofenos… El Camino ha sido bueno conmigo.

Gracias, Camino.

P.S. Si en una noche tremenda me desesperé, me pregunto ¿qué sentirán esos 33 hombres  (mineros)que por estos días verán otra vez la luz y sentirán el aire y el abrazo de los suyos después de tanto tiempo? Somos un país expectante.

 

La luz de Urdaniz.  
Enviado por: manuela
Fecha: 11 de octubre de 2010, 02:54

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